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Conciliar la vida familiar y laboral: un reto nacional y personal​

Qué padre o madre no se ha visto un poco saturada en el mes de marzo cuando, estando confinados, además de atender sus quehaceres laborales o domésticos, tenía que supervisar las tareas de sus hijos, ayudar a resolverlas o acompañarlos en sus actividades por casa en caso de que fueran más pequeños. Este ha sido un periodo en el que el conflicto familia-trabajo se ha puesto de manifiesto en toda su extensión, haciendo más o menos mella en cada persona dependiendo de su propia ecología familiar y de sus propias competencias personales. Pero, inevitablemente, todos los que tenemos hijos a nuestro cargo, hemos sentido más estrés del habitual y quizás algún grado de culpa al interpretar que no estábamos desarrollando nuestro trabajo tan bien como nos gustaría o no le dedicábamos a nuestros hijos todo el tiempo que necesitaban. Y como consecuencia de estos procesos emocionales hemos visto algo resentido nuestro bienestar, sobre todo si unimos a estas circunstancias la imposibilidad de salir e interactuar con nuestras amistades o familiares más lejanos, o los pequeños o grandes conflictos que hayan surgido como consecuencia de esta convivencia tan estrecha e intensa con nuestros familiares.

Pero el conflicto familia-trabajo no es un fenómeno que haya surgido en el confinamiento; solo se exacerbó hasta tal punto de que, en ese momento, fuimos más conscientes que nunca de la necesidad de poder conciliar estas dos esferas vitales y de las consecuencias que acarrean los problemas de conciliación. Este es un fenómeno que lleva investigándose y preocupando a la sociedad ya desde hace unas décadas. No obstante, las emociones que se derivan de dicho conflicto y sus posibles causas e impacto personal y social han recibido mucha menos atención investigadora y mediática. De hecho, casi siempre se sitúa al estado o a la empresa privada como los responsables de los problemas de conciliación que experimentan los trabajadores. Y aunque es cierto que las políticas de conciliación de nuestro país son muy modestas comparadas con las de otros países europeos que han avanzado mucho más en esta materia, también hay que reconocer que las consecuencias emocionales que experimentamos como consecuencia de este conflicto, no solo dependen de las circunstancias laborales de cada cual o de los derechos de los que gozamos en este ámbito, sino también de nuestras competencias personales y particularmente de los procesos cognitivos (interpretación de la realidad, creencias sobre roles de género y parentales…etc.) que desarrollamos. A este respecto, podemos decir que la conciliación de la vida familiar y laboral es un reto nacional, pero también personal.

Consciente de esto, solicité dos proyectos que me han sido concedidos, ejerciendo en ambos el rol de investigadora principal: uno de investigación, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, dirigido a abordar el estudio de los procesos emocionales que surgen ante el conflicto familia-trabajo, sus posibles y causas y consecuencias; y otro de transferencia del conocimiento, financiado por la Universidad de Córdoba, con el objetivo de beneficiar a la población aplicando el conocimiento generado durante el proceso de investigación. Y este conocimiento se buscó transferir a través del blog que se encuentra en mi página web (www.olgagomezortiz.es) y mediante la realización de unas jornadas de formación dirigidas a los padres y madres del AMPA San Bartolomé del colegio de Cervantes de nuestra localidad, los pertenecientes al AMPA del colegio Virgen de la Salud de Castro del Río y los que forman parte de distintas asociaciones que aglutina la Casa de la Igualdad del Ayuntamiento de Córdoba. Por las circunstancias sanitarias que atravesamos, solo se han podido realizar presencialmente en Espejo, aunque se realizarán de forma online con los otros dos colectivos. En este artículo sintetizo los principales contenidos que trabajamos en dichas jornadas definiendo en qué consiste el conflicto familia-trabajo y explicando porqué nos sentimos estresados y culpables cuando lo experimentamos y qué podemos hacer para regular ambos procesos emocionales.
El conflicto familia-trabajo surge cuando percibimos que ambas esferas resultan poco compatibles porque las dos requieren una dedicación importante en términos de tiempo o esfuerzo. Por lo que, de alguna manera, la realización de las actividades de un ámbito interfiere con la realización de las actividades del otro. Así, podemos sentir que nuestro trabajo dificulta el desempeño apropiado de nuestro papel de padres porque le dedicamos mucho tiempo y eso hace que no podamos estar tan disponibles como queremos para nuestros hijos o parejas o porque cuando llegamos a casa estamos cansados y no nos apetece implicarnos tanto en la tarea educativa. No obstante, también podemos sentir que nuestra familia interfiere en parte con nuestro desempeño laboral por las mismas razones de tiempo y esfuerzo o cuando hacemos ciertas concesiones o renuncias (dejar de trabajar, reducciones de jornadas, pedirnos días por la enfermedad de nuestros hijos, dejar de asumir ciertas tareas que favorecerían nuestro progreso … etc.) en pro de dedicarnos más a este contexto.

Ante esta situación, a veces desarrollamos sentimientos de culpa. En general, esta emoción se genera cuando interpretamos que estamos actuando de forma contraria a nuestros valores éticos o morales o a las convenciones sociales de referencia. Es decir,
cuando entendemos que nuestra conducta no es apropiada y podría estar causando algún daño a alguien o no se ajusta a lo que se entiende que es correcto en determinados contextos o situaciones. En relación al conflicto familia-trabajo, surge porque entendemos que el tiempo o la dedicación que restamos a nuestra familia en pro de dedicárselo al trabajo, resulta de alguna manera, dañina para la misma y que, en cualquier caso, no es una conducta propia de un “buen padre” y sobre todo de lo que se considera “una buena madre”. Igualmente, podemos sentirnos culpables si observamos que estamos descuidando nuestras responsabilidades laborales por atender a nuestra familia y que esto no es propio de un “buen trabajador/a”.
Utilizo las comillas cuando aludo al término “buen trabajador/a, p/madre” porque si nos detenemos a observar, son construcciones sociales que no están claramente definidas o que, en su caso, giran en torno a modelos muy tradicionales que deberían de actualizarse. Este es el caso de los roles parentales, totalmente vinculados a cuestiones de género que, aún hoy, hacen que entendamos que las tareas esenciales de las que debería ocuparse la madre no son las mismas que las que se atribuyen al padre. Así, se ha demostrado que incluso en los países en los que se apoya la igualdad de género y el empleo femenino, se espera que las mujeres estén más implicadas en las tareas domésticas y familiares, haciendo que el rol materno continúe muy ligado al modelo de maternidad intensiva que observamos en nuestras madres o abuelas que no disponían de un trabajo remunerado y dedicaban todo su tiempo al cuidado de sus hijos y esposos. Por su parte, la mayoría de los padres, aunque son cada vez más conscientes de la necesidad de implicarse en el ámbito familiar, siguen anteponiendo su labor vinculada al sustento económico a la del cuidado de sus hijos. Posiblemente, por ello, muchos estudios encuentran que ante la percepción de interferencia entre el ámbito familiar y laboral y como consecuencia de la culpa que se experimenta en esta situación, son las madres las que ven más mermado su bienestar. Esto podría ser explicado en base a las creencias de género: mientras que los padres consideran que trabajar supone ocuparse de su responsabilidad fundamental, nosotras entendemos que este trabajo, necesario para nuestra independencia y desarrollo personal, es, sobre todo, un elemento que dificulta el cumplimiento de la nuestra: cuidar a nuestra familia.

Ante esta situación, no queda otra que construir nuestro propio modelo de maternidad y paternidad, lejos de prejuicios y roles caducos, y en consonancia con los valores que queremos que imperen en nuestra familia y las circunstancias que la caracterizan: nada es inherentemente bueno o malo siempre que nos aseguremos que las necesidades de nuestros hijos están cubiertas y, al menos, dispongamos de un tiempo de calidad (sin distracciones ni tareas laborales o escolares de por medio) para compartir con ellos cada día. Lo bueno es aceptar la decisión que hemos tomado, sea la que sea, y defenderla cada día. Y, aun así, en algunos momentos, seguiremos sintiendo alguna pequeña punzada que nos lleva a querer pasar más tiempo con nuestros pequeños. Esto es muy frecuente cuando en algún momento toca dedicarse de lleno a algunas tareas laborales que resultan más absorbentes. Es un pequeño aviso de nuestro cerebro para que no descuidemos la función esencial de la parentalidad: asegurar la supervivencia y el buen desarrollo de los mismos. Es entonces cuando debemos valorar si esta culpa está siendo adaptativa, porque nos permite reconocer algo mejorable y cambiarlo, o es producto de esos roles que están ejerciendo su presión sobre nosotros y cuya gestión pasa por reafirmarse y reconocer que lo estamos haciendo bien: lo mejor que podemos dentro de las circunstancias que tenemos, alejándonos del perfeccionismo y de los modelos de parentalidad artificiales que observamos en redes sociales o en medios de comunicación.


Y es que el perfeccionismo es el mejor amigo de la culpa porque siempre crea una sensación de insatisfacción permanente que devora ávidamente nuestra percepción de eficacia ante el ejercicio de la parentalidad, favoreciendo la asunción de que no lo estamos haciendo bien, de que no llegamos a todo. Y en realidad es que es muy complicado llegar a todo, especialmente si las metas planteadas en relación a cada esfera vital son extremadamente elevadas. Esto sucede cuando nos planteamos no solamente ser una buena madre, sino ser LA MEJOR: la que está todo su tiempo libre con los hijos, la que cocina comida casera siempre, la que cuida extremadamente el uso de pantallas, la que estimula a través de juegos educativos sus competencias, la que hace manualidades, la que organiza la mejor fiesta infantil o la que los acompaña a todos sus eventos deportivos, salidas al parque o actividades varias, por decir algunas conductas. Y digo madre y no padre porque este es otro modelo que nos llega a las madres a través de los medios de comunicación: madres que parecen controlar perfectamente todos los aspectos de su familia a la vez que trabajan y lucen perfectas. Este es un modelo insano además de falso. Por lo tanto, es esencial aprender a detectar que las imágenes que observamos en estos medios son solo ficción (o una selección cuidada de fotos que muestran lo que cada cual quiere mostrar) y que nuestras metas en relación a la parentalidad y al ámbito laboral deben estar ajustadas a nuestras circunstancias, evitando aquellas que, por ser tan elevadas, resulten imposibles de cumplir. Eso no significa que debamos descuidar nuestras responsabilidades parentales, sino que debemos de aprender a distribuirlas con
la pareja para que toda la responsabilidad no recaiga sobre nosotros. Asimismo, hemos de abandonar algunas tareas que no son necesarias, simplemente, o reajustar la exigencia que ponemos en otras que sí lo son. Nuestros hijos no necesitan tanto: solo sentirse queridos y atendidos. Y ese amor les llega a través de tiempo que pasan con nosotras, pero también a con el que les brindan otros familiares, sin que sea necesario hacer un gran despliegue de creatividad ni de medios. Estar con ellos sentados jugando un ratito mientras nos cuentan sus cosas puede ser un tiempo de calidad excelente.


Delegar y plantearnos metas más realistas nos permitirá, además de minimizar la culpa desadaptativa, mitigar el estrés, cuyo origen radica en la percepción de que las demandas contextuales superan a nuestros recursos personales. Es decir, este proceso emocional y sus manifestaciones (opresión en el pecho, taquicardia, rigidez muscular, cansancio, caos mental, problemas digestivos… etc.) tienen lugar cuando pensamos que la situación nos supera, que no podemos hacerle frente e interpretamos este hecho como algo terrible o que puede tener consecuencias graves. Ante esta situación, la organización del tiempo es clave, por ello delegar es una herramienta fundamental, unida a la de posponer aquellas tareas que no resulten urgentes. No obstante, casi todas las emociones tienen su origen en nuestros pensamientos y las creencias que sostenemos. En última instancia, cómo nos sentimos depende de lo que pensamos y esto a su vez de la forma en la que percibimos e interpretamos la situación. Por ello, la gestión de la culpa y el estrés parental también pasa por prestar mucha atención a nuestros pensamientos, evitando realizarnos reproches innecesarios (especialmente aquellos que concluyen con el juicio de que no somos buenos padres o con lamentos sobre nuestra propia situación) y usar un lenguaje amable hacia nosotros mismos, valorando de forma realista -y no catastrofista- nuestra propia situación. Así lo han demostrado los datos de nuestra investigación en los que se vincula la culpa y el estrés parental al uso de reproches rumiativos (ej.: ¿por qué me pasa esto a mí?). Por ello, si detectamos que hacemos un gran uso de los reproches de forma repetida en el día a día, en primer lugar, hay que transformarlos en preguntas reflexivas: ¿Puedo cambiar mi situación? ¿esto es realmente terrible? ¿hay cosas peores? ¿es una racha pasajera? Y una vez que obtenemos esas respuestas más tranquilizadoras, hay que cambiar el foco del pensamiento, quizás cambiando de actividad, haciendo una pausa para respirar y sobre todo poniendo nuestro foco en el presente, en lo que estamos haciendo y tenemos en ese momento, en lugar de vivir en el futuro (que genera estrés o ansiedad) o en el pasado (que estimula la culpa).


La última recomendación se basa en el autocuidado. La evidencia previa ha demostrado que como consecuencia de experimentar culpa ligada al conflicto familia-trabajo, tendemos a sacrificar el tiempo que dedicamos a cuidarnos a nosotras mismas o a hacer cosas que nos gustan en pro de dedicárselo a los hijos y además solemos ser más permisivos. Una tendencia que se observa, sobre todo, en las madres. Claramente, los hijos necesitan pasar tiempo con nosotras, pero también es necesario sacar un ratito al día o un tiempo cada semana para realizar actividades que nos hagan sentir bien, ya que todo ello también contribuirá al bienestar de nuestros propios hijos. Nuestra satisfacción también es la suya.


En conclusión, convertirse en p/madre es una experiencia extraordinaria, un reto fascinante que nos permite conocernos aún más, superar desafíos y seguir creciendo como personas. Sin duda, la necesidad de conciliar la crianza con la actividad laboral, lo convierte en un reto aún mayor, y si bien queda mucho por avanzar a nivel legislativo en este ámbito, la evidencia científica demuestra que, nosotros, como individuos también tenemos a nuestra disposición herramientas para mitigar las consecuencias de este conflicto. Hacer uso de ellas nos permitirá no solamente ser personas más satisfechas, sino también padres y madres más eficaces. Espero que nunca más tengamos que afrontar la experiencia de un confinamiento tan severo como el que vivimos a principios de este año y que el que entra traiga la solución definitiva para erradicar esta pandemia y suponga, además, avances significativos en temas de conciliación. Os deseo un feliz 2021 cargado de salud y bienestar personal y familiar.

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