El confinamiento y las ranas

Este es otro artículo sobre la pandemia de COVID-19. Si, otro más, pero analizado desde una óptica diferente. La de algunas de mis estudiantes de máster: jóvenes graduadas en Educación Infantil y Primaria y expertas en competencias intra e interpersonales. Desde aquí analizamos el impacto psicológico de la pandemia y algunas alternativas para tornar la crisis en oportunidad. De crecer personalmente y mejorar.

La situación social y sanitaria que se ha generado con la pandemia que aún seguimos afrontando ha puesto a prueba nuestra salud mental y resiliencia, siendo este uno de los fenómenos que mayor repercusión ha tenido en la psicología humana.

Estudios recientes han demostrado que un alto porcentaje de personas padeció, la primera semana de confinamiento en casa, estrés, ansiedad problemas para dormir y síntomas depresivos.

El impacto en los niños y las niñas y jóvenes no ha sido menor. Esta situación ha afectado a su concentración, pero también ha acrecentado su irritabilidad, inquietud, sentimientos de soledad y ha sido fuente de preocupaciones y de discusiones con el resto de la familia, sobre todo en la etapa de la adolescencia.

Existen múltiples argumentos que explican estos síntomas, pero nos centraremos en dos que tienen que ver con el aislamiento y con la incertidumbre que hemos tenido que afrontar. Con procesos sociales y emocionales: con la soledad y el miedo.

Comenzaremos con el primero. Es realmente angustioso sentir miedo y aún así es una emoción válida y necesaria. Un proceso fisiológico que nos permite ponernos alerta y reaccionar para poder afrontar lo mejor posible lo que tenga que venir. También ser cautelosos, evaluarlo todo más estratégicamente para que nuestras decisiones vayan por buen camino. Es muy útil sentir miedo ocasionalmente, cuando la situación lo predispone. Ser conscientes de ello, respirarlo, vivirlo, analizarlo y dejar que esta emoción haga su función para luego seguir nuestro camino, libres de ella. Porque tampoco se puede vivir con miedo. No podemos permitirnos vivir en ese registro que lo impregna todo de gris y negro. No tiene sentido. Pero en ocasiones, esta emoción se empeña en acompañar a alguna persona durante demasiado tiempo. Ante esta situación, la regulación emocional es clave. Existen distintas estrategias de regulación emocional. Una de las más efectivas, tiene que ver con modificar el foco atencional. Y ello pasa por detenernos a pensar cuál es el pensamiento protagonista en nuestro día a día. Si detectamos que es uno que no nos beneficia, es conveniente cambiar el foco de atención y fijarnos en otros elementos que nos hagan sentir mejor. Entre otras recomendaciones, cabe destacar:

  • Focalización positiva: intenta ponerte a pensar en algo que te guste y que te llene (ej.: las próximas vacaciones) o simplemente que te haga prestar menos atención al otro pensamiento negativo (ej.: la lista de la compra). No te obceques en echar al pensamiento negativo de tu cabeza, simplemente focalízate en el que tú quieres fomentar.
  • Tómate un respiro y presta atención a tus sensaciones corporales, a las cosas que suceden aquí y ahora. El miedo se alimenta de preocupación sobre el futuro, pero nadie puede saber lo que pasará en el futuro, así que haz una pausa en tus quehaceres diarios y respira profundamente cuando te des cuenta de que tu reacción emocional es negativa. Presta atención a tu respiración, a tu ritmo cardiaco, a las cosas que suceden a tu alrededor en ese momento: sonidos, olores y percepciones de otra índole. Intenta dejar de pensar y simplemente percibe sin juzgar.
  • Inicia alguna otra actividad que te resulte muy entretenida o absorbente. Para ello es positivo fomentar los hábitos que te agradan, como por ejemplo leer, escribir, dibujar, cocinar, etc.
  • Tómate un descanso de la televisión, el móvil y de las redes sociales. Un gran tiempo de conexión a dispositivos tecnológicos aumenta los sentimientos de ansiedad por dos razones: la primera, porque a través de ellos nos llegan noticias poco positivas; y la segunda, porque exponernos a la luz de las pantallas antes de acostarnos altera nuestro ciclo de sueño dificultando que lo podamos conciliar con normalidad.

Al margen del miedo, la soledad es el otro gran sentimiento que ha estado muy presente durante la pandemia mermando significativamente el bienestar de todo aquel que ha tenido que vivir el confinamiento sin compañía y en general, de gran parte de la población que se ha visto obligada a renunciar a la presencia de sus familiares no convivientes y amigos. Y es que el ser humano es un ser gregario, que está diseñado para vivir en sociedad, por lo que una situación de este tipo pone en jaque no solo a nuestro bienestar, sino a nuestra salud mental y física. Las relaciones sociales no solo nos hacen sentir mejor, sino benefician nuestro sistema inmune y favorecen que la microbiota intestinal esté en equilibrio. Ahora que podemos, y asumiendo todas las medidas de precaución, aprovechemos y disfrutemos de esas compañías que tanto bien nos hacen.

Finalmente, podríamos decir que la pandemia también ha sido acicate obligado para el crecimiento personal, para cultivar involuntariamente nuestra resiliencia, o lo que es igual, nuestra capacidad de superación y afrontamiento de las dificultades.

Sin duda, no somos conscientes de nuestro nivel de resiliencia hasta que tenemos que afrontar la adversidad. Es entonces cuando nos damos cuenta de que somos más fuertes de lo que pensábamos, que tenemos más capacidad de salir adelante de la que nunca hubiéramos imaginado. Que somos adaptativos hasta límites insospechables. Y eso es bueno, pero también es agotador. A veces, caemos en el fenómeno de la rana hervida. Esta es una analogía que se usa para describir cómo la falta de conciencia ante cierto problema, cuyos daños puedan percibirse a largo plazo o no percibirse, genera que no haya reacciones o que estas sean demasiado tardías. La premisa es que si una rana se pone repentinamente en agua hirviendo, saltará, pero si la rana se pone en agua tibia que luego se lleva a ebullición lentamente, no percibirá el peligro y se quedará en la olla sin que finalmente tenga escapatoria. Esta pandemia nos ha metido a todos y a todas en esa olla. Hay quienes percibieron que el agua estaba hirviendo y reaccionaron en consecuencia, sintiendo el malestar propio de esta situación. Otras personas, sin embargo, vivieron el confinamiento como esa inmersión en un agua calentita que poco a poco, y a medida que pasaban las semanas, iba subiendo de temperatura e iban viviendo esa subida cada vez con más dificultad. Dar el salto del agua caliente pasa por tomar conciencia de las emociones que hemos vivido e indagar en su origen. Por no aparentar lo que no sentimos. No hay hacer como si nada hubiera pasado, aparentando normalidad, porque hemos vivido una situación sin precedentes. Para ello, en primer lugar, es necesario aceptar lo que está bien y lo que no podemos cambiar. Cultivar la resiliencia tiene mucho que ver con la gratitud y con la aceptación. Con ser conscientes de todas las cosas buenas que hay en nuestra vida, pero también de aquellas que son menos gratas pero no está en nuestra mano cambiar, por lo que no queda otra que aceptarlas. No obstante, hay muchas cosas que sí dependen de nosotras/os mismos y que podemos abordar. No hacen falta grandes cambios, pero si ir asumiendo pequeñas acciones como las que ofrecemos en este artículo. No tenemos que quedarnos a vivir en una olla que cogerá temperaturas demasiado elevadas. Podemos reaccionar y saltar.

¿Y tú, qué rana eres?

Autoras: Olga Gómez Ortiz, Natalia Ruiz, María Ruiz, Almudena Montes, Mª Eugenia Leira y Rocío Pérez

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